VIII. CONSERVARSE EN EL FIEL

Sepa conservarse el político en el fiel de la balanza. No pierda nunca el sentido del equilibrio. En el arte del gobierno, el equilibrio consiste en ser entero o condescendiente, según los casos.

Cuando ha de ser entero un político? ¿Cuándo ha de ser condescendiente? Aquí estriba el problema: la perspicacia del gobernante es quien ha de resolverlo. Téngase en cuenta que entereza en todas las ocaciones no puede ser, y que tampoco puede ser condescendiente en todos los momentos. La excesiva pasividad y la confusión en el país; el excesivo rigor, en cambio, podría acarrear pertubaciones funestas para los gobernantes.

Esté siempre en el fiel político. Como él muchas veces no podrá juzgar por sí mismo, requiere en los asuntos arduos el consejo de las personas doctas y ajenas a los negocios públicos. No tema tampoco el político contradecirse cuando apele unas veces a la entereza y otras a la condescendencia. La inconsecuencia y la contradicción son la misma esencia de la vida. El político habrá de conocer el tiempo y el país en que vive; con arreglo a ellos arreglará y ajustará sus actos. Y si él tiene tales o cuales ideas o doctrinas en pugna con las que dominan, bien está que, discreta y cautamente, las haga prevalecer en el gobierno; pero no se olvide de navegar de cuando en cuando con la corriente, de ir con el pueblo adonde el pueblo quiere ir, de pensar y sentir con los más.

Hay leyes, códigos y jurisprudencia en todos los estados; el cumplimiento estricto de la ley habrá de ser uno de los deberes imperiosos del gobernante. Pero ¿no habrá casos en que las circunstancias pongan a la justicia escrita en desacuerdo con una justicia más alta que se formula en todas las conciencias? Sea indulgente, magnánimo y generoso en estos momentos supremos el político. "No ha de ser la entereza del Gobierno —dice Saavedra Fajardo— como debería ser, sino como puede ser; pues aun el de Dios se acomoda a la flaqueza humana".

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