XIV. ESTÉ IMPASIBLE ANTE EL ATAQUE

El pol�tico no debe nunca perder la sangre fr�a; permanecer� siempre impasible ante el ataque. En el parlamento, en las reuniones p�blicas, muchas veces se ver� blanco de la invectiva, de la c�lera o de la insidia; �l permanezca en todo momento sin mover un m�sculo de la cara, sin dar la m�s leve se�al de irritaci�n, de impaciencia, de enojo. Habando Hernando de Pulgar, en sus Claros varones, de Don Juan Pacheco, marqu�s de Villena, hombre eminent�simo en el arte pol�tico, dice de �l que ten�a tan gran sufriento, que ni palabra �spera que la que dijesen le mov�a, ni novedad de nogicio que oyese le alteraba; y en el mayor discrimen de las cosas ten�a mejor arbitrio para las entender o remediar".

No se pierda nunca la ecuanimidad y buena ponderaci�n del car�cter. Muchos logran escuchar el ataque sin que su cara muestre la m�s ligera alteraci�n; pero un movimiento instintivo e irrebitable de la mano, o la manera violenta de abrir una carta que acaban de traerle, o la contestaci�n r�pida y seca que da a un compa�ero que tiene al lado y que le pregunta algo, un peque�o adem�n, en fin, viene a demostrar al observador que la impasibilidad de que alardea el atacado es ficticia, violenta, y que puede acabarse en un instante. Estos movimientos instintivos pueden revelar lo que la faz o las palabras no revelan; las manos hablan tan elocuentemente como las lenguas. Se dice que para evitar el ser traicionados por ellas, algunos grandes diplom�ticos y negociantes las ocultaban al tiempo de conferir o negociar; tal grande conquistador ten�a h�bito de llevarlas a la espalda; tal consumado diplom�tico las met�a en los bolsillos.

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