XXXI. MAÑAS EN ESCUCHAR

Una de las artes m�s dif�ciles es saber escuchar. Cuesta mucho hablar bien; pero cuesta tanto el escuchar con discreci�n. Entre todos los que conversan, unos no conversan, es decir, se lo hablan ellos todo; toman la palabra desde que os saludan y no la dejan; otros, si la dejan, os acometen con sus frases apenas hab�is articulado una s�laba, os atropellan, no os dejan acabar el concepto; finalmente, unos terceros, si callan, est�n inquietos, nerviosos, sin escuchar lo que dec�s y atentos s�lo a lo que van ellos a replicar cuando call�is.

T�ngase sosiego y atenci�n; una buena charla es aquella en que se platica sosegadamente, con mesura. Los antiguos parece que sol�an conversar bien; era la vida menos precipitada y febril que ahora. Se sal�a en aquellos tiempos a las riberas amenas de los r�os o a los huertos frondosos, y se iba platicando mientras duraba el lento paseo. Se formaba concurso en ancha estancia y se sutilizaba sobre el amor y se contaban casos curiosos, en tanto que de cuando en cuando se ta��an delicadamente instrumentos de cuerda o tecla. Los caballeros era agudos y las damas no eran asustadizas.

Cuando se hable en corro o frente a frente, a solas con un amigo, dejemos que nuestro interlocutor exponga su pensamiento; estemos atento a todas las particularidades; no hagamos con nuestros gestos que apresure o compendie la narraci�n. Luego, cuando calle, contestemos acorde a lo manifestado, sin los saltos e incongruencia de los que no han escuchado bien. Si es persona de calidad a quien nosotros queremos agradar aquella con quien hablamos, demostr�mosle que tomamos grande gusto en lo que ella nos va diciendo. Hag�mosle repetir alguno de los pasajes a que da m�s importancia; mostremos alguna ligera incredulidad para que se enardezca y se recree en nuestras extra�eza; dig�mosle que nos d� m�s detalles sobre el asunto; maniobremos, en fin, de modo que ella vea en nosotros un oyente que la comprende y goza su charla.

Tal conducta nos proporcionar� alguna ense�anza, acaso adelantamiento en nuestra carrera, y cuando ninguna de estas cosas sea, habremos puesto con este inocente juego psicol�gico de iron�a y malicia un dulce sedante a nuestros nervios fatigados por el trabajo.

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